BIOGRAFÍA

Pujales siente la tentación de la pintura desde muy joven. En las primeras telas, no expuestas, se ven sus comienzos desde la tradición y la abstracción pero se observa ya el trazo que indica la seguridad de ser consciente de su vocación. Su mano es firme y su técnica precisa. Caparros decía, sobre su exposición de mayo de 1961: La pintura de Pújales es asombrosamente segura, impropiamente segura para un artista tan en formación como él es, y añadía: su pintura me gusta a fuerza de inquietarme, al mismo tiempo que me convence a fuerza de dominarme. La obra de Julio daría la razón a esta visión anticipada del devenir posterior.
De la abstracción pasa al informalismo y toma cuerpo de naturaleza en el expresionismo, donde nos sorprende la fuerza de las formas y los colores.
Ya en la abstracción se veía el predominio del movimiento como eje central de su pintura, en principio dominando el espacio tímidamente, para acabar haciéndolo con total libertad.
Su pintura es a la vez pensamiento sentido y sentimiento pensado, porque el paisaje de su infancia le inundó por dentro hasta anegarle.

Ritmo, colores vitalistas, trazos rápidos, impulsos que son hilos de vida en esos graffittis y eclosiones que nos envuelven y atrapan con el magnetismo del fuego, el mar o las erupciones volcánicas.
A veces nos tienta buscarle un simbolismo como hace Javier Rubio Nomblot(1996): amarillo, fuego, luz, sol explosión; azul, mar, ola, fluir, avalancha; verde, hojarasca, flor, colorido, primavera; espiral, brote, expansión, floración, etc.-; Amalia García Rubí calificaba su pintura en 1997: de un color que es forma, espacio, luz pero también fragancia, ritmo, melodía…, y Ánxeles Penas, en 1999, habla de: un sentir cósmico de mundos en expansión. Visiones certeras que van al corazón de la diana. Todo ello como parte de un conjunto indivisible. En su interior una gran tensión bullía por salir y ni él mismo podía explicar lo que sentía hasta que ese torrente devenía en lo que el cuadro es.

Se licenció en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, dedicándose un tiempo a la enseñanza, ocupación que abandona pronto para entregarse de lleno a la pintura.
Recibe el premio del Certamen juvenil de Artes plásticas de A Coruña (1959) y en el mismo año es Becado por la Diputación Provincial de su ciudad natal. En 1964 recibe una Beca de la Fundación Fernando Álvarez de Sotomayor, y en el 1966 de la Fundación Rodríguez- Acosta. En 1967 es Pensionado del Gobierno Francés y recibe el Premio de la Dirección General de Bellas Artes, y en 1997 le conceden el Diploma de Honor del Salón Internacional de Artes Plásticas de Beziers, y el de la Fundación Antonio Machado, Mairie de Collioure (Francia).
Expuso en diversas provincias españolas, en muestras colectivas e individuales, Madrid, Salamanca, Granada, Santander, Valladolid, Alicante, A Coruña, etc., y en el extranjero en Bruselas, Beziers, París, Collioure, Roma, Turín, Nueva York, Texas, etc.
Su matrimonio con Cristina Torre Cervigón le proporciona el aplomo y la serenidad que requiere el artista que investiga, en continua evolución, hasta encontrar su lugar y su lenguaje. Juntos viajan por Europa y América, y en ese recorrer se amplía el horizonte de sus sueños.

Después de haber llevado una vida, a veces, con dificultades, privaciones e incomprensión, la muerte le sorprendió, caminando, a los 59 años, cuando estaba en su mejor momento y exponiendo en tres lugares a la vez.
Es difícil saber que habría hecho en el tramo que no pudo recorrer pero lo hecho se podrá ver en la Fundación Torre-Pujales, en Corme (A Coruña), donde su viuda ha decidido fijar la sede de la misma. Allí se expondrá la casi totalidad de su obra salvo las piezas de colección particular. La Fundación nace con intención no sólo de dar a conocer su obra sino de ser sede de exposiciones, conceder becas a la creación, y centro cultural.
La pintura fue su pasión donde puso lo mejor de si mismo para dejarnos un torrente de luz, conocimiento, armonía y autenticidad. Una forma de seguir entre nosotros.
Obra en museos e instituciones
1958 – “I Certamen Nacional de Artes Plásticas”. Madrid.
1959 – “II Certamen Nacional de Artes Plásticas”. Madrid.
– Sala Cava Sésamo. Madrid.
1961 – La Gran Peña. Madrid.
1963 – Círculo de Bellas Artes. Valencia.
1966 – Fundación Rodríguez Acosta. Granada.
1967 – Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando. Madrid.
– Facultad de Bellas Artes. Madrid.
1973 – Exposición-subasta de pintura gallega a favor de “Aspronaga”. La Coruña.
– Exposición-subasta “Pro Sureste Español”, patrocinada por el Banco de Granada y S.A.R. la Princesa de España. Granada.
1974 – “II Exposición Trienal Nacional de pintura, escultura, dibujo, acuarela y grabado”. Santiago de Compostela.
– Exposición-subasta “Pro viaje fin de carrera” de la Escuela Oficial de Periodismo. Club Internacional de Prensa. Madrid.
1987 – “Certamen Nacional de pintura y escultura”. Caja de Ahorros Provincial de San Fernando. Sevilla
– Ayuntamiento de Laguna de Duero (Valladolid).
1988 – “V Certamen de Pintura, Concello de Cambre”. La Coruña.
1991 – “VIII Certamen de Pintura, Concello de Cambre”. La Coruña.
1992 – “III Certamen de Pintura, UNED”. Mérida.
– “Mostra Pictórica Lucense” del II Congreso Galego de Expresión e Arte, Diputación Provincial. Lugo.
– “Los últimos de San Fernando: 1967-1992”. Facultad de Bellas Artes. Madrid.
1993 – “Los últimos de San Fernando: 1967-1992”. Centro Cultural Buenavista, Ayuntamiento de Madrid.
1994 – Feria Internacional de Muestras. Valladolid.
1996 – Exposición homenaje al crítico de arte D. Fernando Món. Galería Atlántica. La Coruña.
– “I Concurso de Artes Plásticas, Villa de Bruñete”. Madrid.
– “ARTESANTANDER”, Stand: Galería Tudores de Puerto Banús (Málaga). Santander.
– “INTERART’96”, Fira Internacional D’Art. Stand: Galería Esfinge de Madrid. Valencia.
– Exposición homenaje al pintor J. Díaz, Galería Visol. Orense.
– “20 x 20. Pinacoteca de bolsillo”, Galería Ra del Rey. Madrid.
– “Salón Internacional de Arte Acea”, El Centre de la Vila. Barcelona
1997 – Galería Herouet. París.
– “BROCANTERS I GALERISTES”, Stand: Galería Ra del Rey de Madrid. Palma de Mallorca.
– Galería Actual Art. Pollensa (Baleares).
– 41º Salón International d’Arts Plastiques. Béziers (Francia).
– II Grand Marché d’Art Contemporain. Bruselas.
– “ARTE + SUR”, Stand: Galería Ra del Rey de Madrid. Granada.
– “ÁRCALE”. Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León, Stand: Galería Ra del Rey de Madrid. Salamanca.
– “ARTEXPO’ 97”, Stand: Galería Ra del Rey de Madrid. Granada.
– “Taurios V”. (Homenaje a Manolete: 50 aniversario de su muerte) Galería Ra del Rey de Madrid. Museo Obispado Cajasur de Bellas Artes. Córdoba.
– “II Concurso de Artes Plásticas, Villa de Bruñete”. Madrid.
– Château Royal (IV Hommage à Antonio Machado) Collioure (Francia).
– “Contemporary Latín American Artist in Soho”. New York.
– “Artesantander”, Stand: Galería Ra del Rey de Madrid. Santander.
1958 – Sala de Cultura y Arte La Terraza. La Coruña.
1960 – Asociación de Artistas. La Coruña.
1971 – Sala Macarrón. Madrid.
1974 – Galería Daniel. Madrid.
1993 – Centro Cultural Buenavista. Ayuntamiento de Madrid.
1996 – Galería Ra del Rey. Madrid.
– Caixa Ourense. O Barco (Orense).
1997 – Galería Arte-lmagen. La Coruña.
– Castillo de Peñíscola. Patrocinada por la Excma. Diputación de Castellón (Castellón).
– “Arte Expo’97”. Fiera de Roma (Italia).
1998 – Individual. Galería Lorenzo Colomo. Valladolid.
– Individual. Beaumont (Texas) U.S.A.
1958 – 2º Premio de Pintura en el “I Certamen Nacional de Artes Plásticas”. Fase Provincial. La Coruña.
1959 – Beca de la Excma. Diputación Provincial de La Coruña.
– Iº Premio de Dibujo y Medalla de Oro en el “II Certamen Nacional de Artes Plásticas”. Fase Provincial. La Coruña.
1964 – Beca de la Fundación Fernando Álvarez de Sotomayor.
1966 – Beca de paisaje, de la Fundación Rodríguez Acosta. Granada.
1967 – Pensionado por el Gobierno francés.
– Iº Premio Nacional de la Dirección General de Bellas Artes.
1997 – Diploma de Honor del 41 Salón International d’Arts lastiques. Societé de Beaux Arts. Béziers (Francia).
– Diploma de la Fondation Internationale de Littérature Antonio Machado. Collioure (Francia)
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EL UNIVERSO PÁNICO DE JULIO PUJALES (Ánxeles Penas)

Con frecuencia, el espíritu de un pueblo toma vías insospechadas para expresarse: salta en una nota musical, brinca en un trazo de color, ensueña en el misterio de un poema, aparece en los giros de una danza. Esto es lo que ocurre con la pintura del coruñés Julio Pujales que, queriéndolo o no, ha sido vehículo del lado más vitalista y luminoso del ser gallego, en cuyo inconsciente colectivo va arraigada poderosamente la fuerza pánica, el instinto dionisíaco; por ello, más allá del dominio indudable del oficio y de la intención plástica meditada, su obra vibra en tonalidades y cromatismos encendidos y se despliega espontánea como una naturaleza exuberante y floral, llena de intensidad y de alegría, consiguiendo que broten “Ondas de fuego, alborear de frutas…”, como en feliz endecasílabo cantó Leopoldo Rodríguez Alcalde.
Así que fogosidad cromática y libertad formal son sus principales señas de identidad y no obstante él conocía el rigor de la academia, la regla del dibujo con modelo del natural, ejercicio de disciplina que exige no sólo reproducir fielmente la anatomía, sino el carácter del modelo. Contemplando los estudios de figura y los retratos, (que seguía haciendo incluso cuando ya habían pasado muchos años de sus estudios de Bellas Artes en San Fernando), se demuestra que sabía extraerle a la sanguina delicadas tonalidades carnales y hacer que el grafito respetase la luz que destaca los volúmenes y acariciase las sombras, que la levedad del aire tuviese sitio. Así que muy bien podía, voluntariamente y cuando lo exigía la ocasión, contener el ardor de su temperamento y someterlo dentro de los templados límites en los que prima el dulce trazo que modela el óvalo de un rostro femenino, la suave curva de un cuerpo, las luces ocultas que laten en una mirada, la tibia serenidad de una modelo que posa quieta. Esto lo supo ver como nadie J. Castro Beraza, en el excelente texto que le dedica el mismo año de su muerte:


“A veces, la otra norma, la que imponen, callados, los modelos…, nos ofrecía tus academias virtuosas, que hablaban de la magia de los cuerpos, la tersa piel del músculo y el gesto, el boceto hechizado de unos pechos transidos de ternura, la potencia desnuda del atleta, el breve apunte de un escorzo, el vuelo de una mano, la ley, en fin, grecolatina…”.
Es en estos trabajos cuando se demuestra como un magnífico y virtuoso dibujante, pero Julio no quiere ser dibujante, quiere ser pintor y, aunque ambas cosas vayan de la mano y dibujo y pintura se auxilien y colaboren, no son esencialmente lo mismo. Hay grandes dibujantes que patinan cuando se enfrentan al desafio del color y hacen dibujos coloreados y hay estupendos pintores que hacen torpes formas cuando se afanan en la representación realista, pero cuando se poseen ambas cualidades, como es su caso, puede persistir la intención figurativo-naturalista, sin embargo Julio libera sus formas de cualquier servidumbre al dibujo y deja que salgan atrevidas de la pulsión de la mano y vuelen y se desplieguen, llevadas por el impulso del color: “Allí fue, en aquel mapa febril, donde el dibujo saltaba por los aires, y eras tú solo el que cantaba”, nos vuelve a decir Castro Beraza. Y, efectivamente, el dibujo saltaba o brincaba alegre, para crear vergeles vivos, huertos en florecimiento y para así cantar y ser poseído por las energías poderosas de la gran transformista, la gran maga de las formas, la móvil, la incansable, vibrante, gozosa y expansiva madre naturaleza.
Del reposo a la pasión

Julio, nacido en 1939, comienza su andadura plástica a fines de la década del 50 y su primera muestra la realiza en su ciudad A Coruña en 1958, es decir con sólo 19 años. De esta época es, probablemente, un autorretrato, en el que aparece con aspecto de adolescente y en el cual ya son visibles sus aptitudes pictóricas, pero todavía se nota el empeño en servir fielmente a la mirada superficial sobre la realidad; y la luz contenida en una paleta de tonos siena-verdosos, todavía no ha encontrado el esplendor que lo caracteriza. La mirada, en un rostro serio y reconcentrado, penetrante, parece indagar un porvenir desconocido y espera.

Lógicos son, en todo artista que comienza, estos años de tanteo, pero Julio venía, según cuenta su hermana Blanca, con un don, con una singular percepción estética: entendía siendo muy niño de piedras preciosas y de orfebrería, dibujaba, y tenia un gusto especial para la moda, hasta el punto de que ayudaba a la costurera de su familia a diseñar los vestidos. Pero todo artista verdadero no lleva sólo consigo una habilidad manual, lleva y en mucho mayor grado, una apertura de la conciencia hacia el misterio y cuando consigue que la primera sirva a la segunda es cuando se produce el milagro de la obra de arte trascendente,

Julio estudia Bellas Artes en la Escuela Superior de San Fernando de Madrid y es entonces cuando emprende el vuelo hacia horizontes más atrevidos. La Escuela le proporciona oficio, sin coartar la llamada interior hacia territorios que la obra de madurez va a encontrar. Elena Flórez así lo ha sabido ver; “Ante sus cuadros, se vienen abajo las opiniones, más o menos aceptables, de que las escuetas anulan, con sus enseñanzas academicistas, la personalidad de los alumnos. Esto ocurre cuando los alumnos no tienen ese talento clarividente que sabe aprovechar los fundamentos básicos de la enseñanza para utilizarlos según la obra que desean realizar. Pújales sí lo ha sabido.”

Los años sesenta y setenta son para él años de experimentación y de búsqueda, su lenguaje definitivo se está perfilando y hay guiños icónicos que apuntan ya a un panteísmo esencial. Dibujos en los que formas pétreas que recuerdan el megalítismo y los cultos litolátricos de la Galicia prehistórica, adoptan formas antropomorfas, semejantes a Venus estatopigias de voluminosos senos, como la de Willendorf y la curva ya está ahí, poderosa, pero todavía asentada en la tierra, atraída por las fuerzas telúricas; de hecho, esas piedras antropomorfízadas son como un símbolo de la gran madre, todavía quieta, aguardante, sosteniendo el mundo y que en su obra posterior tomará la vía anicónica y se expresará por medio del movimiento generador y de la fuerza. También en estos años toma protagonismo la figura de la mujer, en una representación muy dentro de la iconología galaica, en la que priman de nuevo las formas voluminosas y redondeadas y que los críticos han dado en llamar “la estética del granito”; estas figuras, casi siempre sedentes, guardan mucha similitud con aquel sosiego del románico, que es una de las características esenciales, junto con el barroquismo, del ser gallego, igualmente cuando pinta paisaje, y lo hace mucho en esta época, todavía está ahí la quietud, y aunque la línea ondula todavía lo hace en horizontal, viajando sobre la curva de los montes, ahondándose en los valles, discurriendo por las fértiles vegas y, en suma, acariciando la piel de la tierra.

Entonces, ocurrió en su interior, quizá la necesidad de vaciarse y, aparecieron las cintas, flotando como ligeros arabescos en el monocromo y silencioso espacio. Todavía aparecían como preguntas lanzadas al aire o como sondas espaciales a la búsqueda de una respuesta y la luz parece haberse escondido o quedar como una ligera línea o un leve rayo que atraviesa el plano. Sea como sea, ellas pedían la vertical, aunque fuese tras pasar por un ovillado laberinto, no menos peligroso que aquel que llevó a Teseo a enfrentarse con el Mínotauro, porque lo que aquí se dirime son los pasajes por el oscuro interior del espíritu.

Estas cintas puede que tengan mucha semejanza con aquel hilo que Ariadna le dio a su héroe para que pudiese salir. Julio también salió, por cierto y, cuando la leve y etérea incitación de estos ovillos se encontró con la fuerza afirmativa de la naturaleza que lo había creado y con la llamada de los astros, sería llevado ya definitivamente por el amor, la belleza y el conocimiento y su obra se íluminó y se llenó de resplandores. La prueba habia sido vencida y el arte había servido a aquello que debe servir: a acrecentar la sabiduría humana, a la antroposofia. No sabemos sí entonces recibió el influjo del filósofo Rudolf Steiner, pero el título de alguna de sus obras de ia última década asi lo hace suponer y podríamos parafrasear aquello que afirma Steiner de que la antroposofia ayuda al hombre a pensar según la naturaleza, para decir que a Julio le ayuda a pintar según la naturaleza, lo cual es bastante distinto de pintar según el naturalismo.

Lo cierto es que consigue hacer que brote “El fuego escondido” y todo se llena de esplendor solar, de plenitud vital y de un afán de regreso al origen. Cuando pinta obras como “Hacia el interior” o “El espacio de los reflejos” parece que estuviese ilustrando las palabras de Steiner: “Podemos sumergir nuestra mirada en el interior de nosotros mismos, en nuestra propia alma, en ella se refleja toda la naturaleza, pero ella no posee de las naturaleza más que unas imágenes fluctuantes… Por todas partes recogernos la apariencia de las cosas…” Julio, como pintor que es, no tiene más remedio que servirse de esas imágenes fluctuantes, pero, en realidad, está buscando aquello que lo sostiene todo, el elemento vital, la esencia presente en todas las criaturas, desde la más minúscula semilla hasta la más brillante de las estrellas. Sentimos entonces, de un modo que no podemos explicar y que sólo intuimos, que Julio busca su Edén, tal como reza una de sus obras, la verdadera patria, del hombre, a través de su arte,
Ese salto del paisaje externo, que pintaba allá por las décadas del 60 y del 80, al interno ha sido tremendo, ha supuesto toda una revolución; la pincelada entonces todavía era impresionista, corta, un tanto puntillista y el color se amoldaba a las tonalidades impuestas por la misma tierra: los caminos, los árboles, las colinas, las montañas, el horizonte, el cíelo,.. todavía estaban ahi y el verde predominaba sobre los otros matices. Pero, de pronto, “El fuego escondido”, obra que pinta en 1993, pide nacer y arrastra consigo los remolinos de todas las llamas, de todos los colores y el trazo lo sigue en esa valiente algarabía y se hace amplio, expansivo, potente; la “Imaginación y la realidad” (título que aparece en un cuadro de 1996) se han encontrado y su maridaje se ha vuelto indisoluble, la realidad entonces se interiorizará para cumplir el papel de seguir nutriendo a la imaginación, pero liberándola de la servidumbre del realismo y dejará que sean los puros elementos plásticos: ritmo, mancha, color… los que hablen y saquen hacía fuera aquello que e!, pintor lleva dentro. Y lo que lleva dentro es un enamoramiento profundo, una oda a la madre tierra, en la que se escucha “El rumor del mar”, que pintó en 1992, acariciándola en amplios ondajes azul turquesa, y el estallido de los soles que la alimentan y la hacen germinar y a los que dedica un cántico exaltado.
Entonces la mirada y el sentir abandonan el territorio de lo concluido, de lo estático y se vuelven hacia los procesos, hacía la Fuente de energía, hacia “La evolución de las formas” o hacia el mismo momento del big bang que celebra en su obra “La construcción del cosmos”.
Son estos años finales de su vida, cuando está en la plenitud de la cincuentena cuando, como si hubiese presentido el final, siente con fuerza la llamada del infinito y parece viajar a toda velocidad entre estallidos que sobrepasan la velocidad de la luz, tal como pudimos ver en la película 2001 de Stanley Kubric. Indefectiblemente, las obras que pintó en 1998, no mucho antes de morir: “Hacia el interior” y sobre todo “La salida del túnel” parecen hablar de ese vértigo del alma arrastrada hacia su origen, a través de los deslumbramientos velocísimos del pasaje final, para encontrarse definitivamente con la espléndida flor blanca de la luz. Que quizá hubo un componente esotérico, es decir de experiencia interior, en estas obras espléndidas que culminaron su trayectoria, tal vez lo demuestre la acuarela de 1996 que titula Antroposofía.
La pasión del color
Afirmaba Manuel Murguía que el pintor gallego tiene ei instinto del color, con lo que sin duda quería significar que era heredero de esa frescura cromática que caracteriza el sentir popular y que es común a los pueblos con un fuerte arraigo en lo autóctono o en esa alma “primitiva” aún no contaminada por las grisuras o grisallas de la cultura intelectualizada; en otras palabras, por aquellos que aún se nutren de sus raíces más auténticas y del genius loci de su naturaleza, de su vegetación y de sus energías ctónicas.

Para ilustrar esta pasión del color que es connatural al pintor gallego basta con mirar a Sotomayor, a Luis Seoane, a Tomás Barros, a Alfonso Abelenda, a Segura Torrella, a Lodeiro y a tantos otros artistas gallegos. Se ha repetido hasta la saciedad de los tópicos que el color es cosa de la luz mediterránea; pero no es así, el color está en todas las luces y en todos los pueblos, pero sobre todo está en todos los artistas que han sido tomados por el numen de la pintura, si no ¿cómo se explicaría la vitalidad cromática del eslavo Kandinsky, o de los nórdicos de Cobra? El color está con toda su potencia en las manifestaciones de la cultura popular, desde los trajes hasta los utensilios domésticos; basta, en el caso de Galicia, con mirar a las barcas que se balancean a la orilla del mar, en sus numerosas playas, en los puertos, en las pequeñas calitas de las rías para dar con una fiesta multicolor. Le bastaba a Julio con pasear por la Dársena coruñesa para que entrase a raudales por sus ojos el arco iris embelesado de los barcos de pesca y de los veleros.

Asi que la danza del color que estalla en sus cuadros es émula del empuje vital que cada primavera hace que los huertos y las plantaciones se llenen de ubérrimas exuberancias y exploten de frutales orgías los veranos y junto a las indómitas y potentes aguas del océano Atlántico una corona de montes y fallas costeras luzcan los más espléndidos verdes y las más brillantes esmeraldas. No necesitó ir a las selvas del Brasil para descubrir esa orgía cromática, bastaba con que pasease por los jardines del Relleno o se adentrase en las fragas de Cecebre, tan próximas a la Coruña, o que fuese hacia las carballeiras del interior para que un deslumbramiento de luces cálidas filtradas entre el clorofílico follaje encendiesen su retina y le insuflasen su viva y eterna canción.
El color advenía a él en el cantar del día, en la gloria de las estaciones, en el vaivén tremendo, pero lleno de sortilegios, de tesoros y maravillas del mar, en la misma vivencia de las calles y de los soleados Cantones de su ciudad, tan llena del mismo color de la vida, de bullicios y de gracia. Altas ondas iluminadas por rojos reflejos, copas encendidas en la luz del mediodía, jardines enjoyados por la policromía de las más variadas flores, selváticos parajes donde la diosa Flora juega rodeada de ninfas encantadas. Y en suma, el protagonismo del color, un color a lo “fauve”, sínestésico, porque no sólo canta a la vista, sino que hace que en él se escuche la canción azul de los jilgueros de la mañana, el silbo verde del viento entre las copas de los árboles, la sinfonía carmín del fuego, el trombón apasionado y profundo del azul noche, las móviles y ligeras notas de las alboradas y los arrebolados alalás del cielo vespertino.
Es, según comentario de Antonio Martínez Cerezo, para el diccionario de Artistas Españoles, “Colorista de los que antiguamente se llamaban fierístas. Pero colorista con un sentido del ritmo, de la entonación, de la dinámica que debe presidir siempre todo cuadro bien concebido, bien compuesto y bien resuelto”. Pero además, el color se lleva dentro, es fruto del propio sentir y es expresión de la propia alma, por ello, es fácil deducir que la de Julio era apasionada, feraz, comunicadora, exultante y generosa, como lo es nuestra tierra galaica. Así lo certifica J, Castro Beraza:
“De La Coruña a Texas, de Mallorca a Collioure, erigiste un paisaje de alegría donde sólo la vida se mostraba en su pasión más noble, la de lograr la luz del arco iris sobre cualquier desierto…”
Esa misma fogosidad cromática es la que cantan los versos de Leopoldo Rodríguez Alcalde:

El color, embriagado
de sus viñas eternas, se alboroza
ante una realidad de abierta fiebre.
Y también aquellos otros que la gran poeta Encarnación Pisonero le dedica:
Un cuerpo de mujer lo habita
y toma formas azules y verdes,
amarillos y rojos,
malvas y negros
y marrones de páramo,
………………………………..
….Y el juego del pincel
…………………………………
logra que su vertical sonrisa
devenga en carcajada
al grito del color

Por medio de la imagen visionaria del cuerpo de mujer acierta totalmente Encarnación Pisonero con el quid divinum de la creación de nuestro pintor, habitado desde luego por el arquetipo de la magna mater, por la diosa Cibeles o por su hija Ceres dispensadora de frutos o por la primaveral Flora y por sus profusiones y esplendores metamórficos.
La pasión del movimiento
Pintura del color, por lo tanto, pero también pintura del movimiento, sobre todo de aquel que es expresión de lo biológico y germinal, de la vida orgánica en su exultación; pintura de trazo curvilíneo que crece en forma arborescente o en forma de corola, en forma de llama, en forma de chorro luminiscente, en forma de dendrita, en forma de alga, en forma, en fin, expansiva, tal como lo hace todo el universo. Todo se mueve en esta obra de la misma manera en que acostumbra a moverse la viajera luz, de modo que expresa y hace sentir el genesíaco y constante florecer, el incansable fluir y la animación que conmueve inevitablemente a todo lo que existe. Este moverse, este agitarse tiene una raíz barroca sin duda, pero de aquel barroco que supuso el triunfo definitivo de la mancha y el color, del que un campo ilimitado a la suntuosidad decorativa y engendró las prolíficas ornamentaciones, las columnas salomónicas, los grutescos y los encantados florilegios que embellecen altares y muros de pazos, de catedrales y de iglesias; de aquel barroco que quería transmitir el poderío vital, el crecimiento, ia constante volubilidad del existir, no luego de aquel otro barroco que meditaba sobre el engaño de los sentidos o que en tonos tenebrosos testimoniaba de la azarosa fugacidad y del valor de las cosas del mundo. Lo que Julio canta es lo genetriz, lo fecundo, la generosa y exultante fuerza renovadora, el amor que triunfa sobre la muerte. Su obra es barroca en lo que tiene de contraste y de dinamismo; es barroca en las formas entrelazadas, en las circunvoluciones, en el juego de curvas y contracurvas, en las antítesis cromáticas, y lo es en lo mucho que también hay de ese barroquismo esencial de la vida en el alma galaica donde lo barroco ha tomado acentos propios y en lo mucho también probablemente del sentido de la eterna rotación, del eterno girar que nuestro inconsciente colectivo heredó del alma celta. Como toda obra dinámica habla ciertamente del pasar, del devenir, pero en él el panta reí, el “todo fluye” heraclitiano toma presencia gozosa y se acerca más a aquel pensar taoísta que afirma que ser feliz consiste en saber aceptar el continuo cambio. Incluso, claro, salvando las distancias estéticas, porque Julio Pújales es un pintor del siglo XX y ha aprendido del impresionismo, del expresionismo, del fauvismo, de la abstracción musical, etc., otros modos bien diferentes, podríamos establecer un paralelismo de ideas con el barroco clásico y así como en aquel hubo una exaltación de los temas marianos y venusinos, aquí podemos sentir el arquetipo en su versión pagana de gran madre, ya no reducida a icono antropomórfico, sino vestida con sus galas más lujosas y multiplicada en una variante infinita, con todos los dioses antiguos de la naturaleza: ninfas, náyades, silfos y sílfides, gnomos, galaicos encantos de las aguas y xanas de los bosques, entreverándose en el espectáculo multicolor, como una auténtica invasión feérica, vitalismo a raudales, como el que puede sentirse en nuestras danzas populares, especialmente en la giróvaga muiñeira, es lo que transmite esta pintura nacida para afirmar la vida, aunque ahora, desaparecido Julio Pújales, lo haga desde este lado de la frontera de su muerte,
Es Antonio Martínez Cerezo, en el Diccionario de Artistas Españoles, quien acierta con las palabras ajustadas para definir esta inquieta locomoción que agita su trazo y hace su color, dice que la suya “… es una obra plena de dinamismo, de circularidad, de rotación, de alejamiento y de fuga; un mundo en el que todo se estuviera, a la vez, cayendo y levantándose, haciéndose y deshaciéndose para rehacerse y deshacerse continuamente, siempre, en el eterno juego de la renovación que los que saben de estas cosas llaman” eterno retorno”. Cierto, eterno retorno o eterna rueda del samsara, perpetuum mobile o laberinto del devenir que también vio Scardanelli (seudónimo de E. Pisonero) quien nos dice; “El movimiento es el secreto de su arte… Su mirada serena y su gesto alegre eran para los otros. Él se guardaba sus viajes interiores, la vorágine, los ciclones, la ebullición de los tornados o tsunamis, los geiseres, la fiebre y la tensión del grito.” Tensión sí, pero más que de grito doloroso, de aturuxo exultante, como aquel que nuestros antepasados le lanzaban a la luna llena y que aún suena cuando un grupo de enfebrecidos festejadores se ponen a cantar las canciones de la tierra o cuando los ritmos de una pandeirada enaltecen los ánimos.
El movimiento que expresa la obra de Julio no es sólo el movimiento de la naturaleza, es también el movimiento cósmico y astral, el de las órbitas celestes y es aquella dinámica tensión que, por medio del gesto y del trazo, busca ser expresión de sentimientos y estados de ánimo. Es un latir continuo, latido de corazón y latido de astro, temporalidad ritmada que adviene en las configuraciones de la mancha, ya nos sugiera la fugacidad de una flor o de la verdecida copa de un árbol, ya el resol de la pasajera luz, ya la ardiente claridad de una llama. Todo se agita para nacer y todo se mueve morir, pero hay algo que no muere nunca, que siempre permanece y es la energía renovadora, la perpetua generación, ella debe circular para que la rueda de la vida continúe y el pincel en la mano de Julio ordenaba metáforas de traslación sirviendo instintivamente a esta ley.
El ritmo de las formas
Todo en la obra de Julio es ritmo, todo está sujeto a cadencias y arpegios, es decir a una regularidad intuitiva en la distribución de las masas de color que produce el efecto de variaciones armónicas. Si entramos ahora en el terreno de la forma vemos que esta nace de la tensión entre el móvil trazo y la exultación del color y que son ambos elementos los que imponen tanto los ritmos cromáticos como el despliegue de manchas y de lineas que un continuo contrapunto de armonías; es esta misma tensión la que obliga a configuraciones libres, con cierta deuda de las experimentaciones del informalismo, pero sin ser exactamente informalistas, porque, como ya hemos apuntado, nacen de las fuerzas pánicas, de un vitalismo desbordante y se ordenan al modo abigarrado de la de la naturaleza, de la espesura de un bosque o de un jardín florido. De hecho, tienen su asiento en los paisajes que pintó con el mismo apasionado cromatismo, de ellos pudo abstraer fragmentos, cuando comprendió que acotándolos en parcelas podían salir infinitas variantes, infinitos cuadros y que, abstrayéndose de la servidumbre del motivo, estaba invitado a la fiesta más enriquecedora de las metamorfosis formales, de lo cual se hace eco J. R. Alfaro: “Las invenciones de Pujales responden a unos ritmos puros en que se metamorfosean a medida que sus invenciones se precisan. Pasan así de la comprensión de la realidad a una inteligencia de la forma pura”.
Hay sin duda una espontaneidad inicial, una carga de intensidad que mueve el pincel sobre el lienzo dejando sobre el un impacto lumínico, un color directriz y una dirección circunvalantes, esta misma impronta es la que obliga al resto de los trazos pigmentados a moverse en torno con regias eurítmicas que vienen impuestas por la necesidad de armonizar los colores unos con otros, y los ritmos encontrados unos con otros, según normas que el pintor maneja de modo intuitivo, del mismo modo que el músico sabe que acordes tiene que hacer para acompañar una nota, según la tonalidad y el modo que haya elegido. La expresión de la intimidad y de los sentimientos elegiacos pide el modo menor; la solemnidad, la loa, la alegría exultante exigen el modo mayor. Julio Pujales pinta, casi sin excepción, en modo mayor y por su pintura suenan más los clarines y las trompetas de triunfo, los pasacalles de nuestras fiestas populares, que se escuchan entre el estallido de los cohetes, que los melancólicos contrabajos o los adelgazados violines. Las normas, pues, y el orden compositivo los impone el color: así, una ramificación coralina atraerá su lado todo un coro de verdes complementarios vibrando en las regiones de la sombra, salta una chispa de rojos-anaranjados y pronto una gema de esmeraldas exige nacer y se abre como un racimo irradiante, cae un tinte amarillo-dorado y abre un ancho y claro camino entre frondas azul-violáceas, de pronto una ola azul-verdosa se yergue con potencia contra ios iracundos rayos naranja-rojizos de la tormenta o se estrella contra los picos rosáceos de un farallón, pasa un viento amarillo y se levantan las flores color añil y se estremecen arrebatadas las hojas verde oliva que han caído al suelo, ensueña cálidas tierras aradas y les nacen serpenteantes autopistas del color del musgo, danzan en los barrios de Monte Alto los choqueiros de carnaval con sus máscaras rojizas y todo se llena de policromas ondas y de trasnos ubicuos.
De nuevo Scardanelli, con su indudable intuición poética, da en la diana cuando dice: “En su paleta los vientos del Atlántico formaban torbellinos tornasoles, surtidores y bucles caracolas. Jugaban las mareas habitando nautilos o veleros y el céfiro rastrillaba las policromas lomas hasta darles formas de peces voladores, cerbatanas, medusas o hipocampos que galopaban hasta llegar a las estrellas después de perderse entre árboles corales.” Así es ciertamente, vientos, mares… se entrelazan con los astros, después de usar como plinto a la tierra y los cuatro elementos ritman sus acordes y establecen consonancias para conjugar la orden suprema y perpetua de la perpetua generación que se abraza y se ínterpenetra y se fusiona en cadenas continuas de formas en crecimiento y jamás puede vivir en separatividad. Hasta tal punto esto es así que, ante esta obra, uno no puede por menos que preguntarse a dónde ha ido el espacio y la tradicional separación fondo-figura, pues parece invadirlo todo esa selvática proliferación; pero sí que está ahí, cómo no iba a estarlo, el espacio lo crea el mismo movimiento y se adivina detrás de la orgía visual sosteniendo todo el andamiaje enrevesado de las configuraciones, las cuales, necesariamente, se ofrecen incompletas, porque están cosidas en un instante de su pasar y, por lo mismo, se las siente correr hacia la lontananza, quizás hacia su fin. Sean peces, aves, corales, cerbatanas… o cualesquiera de las innúmeras posibilidades formales que sugieren, están vivas y sólo pueden alentar y respirar si tienen aire; así que se presienten esos pulmones, ese pneuma que los alienta, esas oxigenadas regiones filtrándose entre ellas, ya a modo de resplandores blancos, ya de azuladas rendijas. Además, esta es la obra de un poseído, de alguien que ha sido tomado absoluta y plenamente por los motivos que lo conmueven, por alguien que, tras haber pintado paisajes a vista de pájaro, con sus horizontes bien definidos, ha sido atraído por ellos, se ha metido dentro. “El eco del paisaje queda -dice Carlos Areán- en las estructuras de Pujales, poco a poco depuró elementos… El conjunto adquiere delicada elasticidad flotante.” Pero lo que en el paisaje era lejanía se ha convertido en proximidad y su encantamiento lo ha llevado a recalar sobre un retazo de frondosa tierra en un ondulado valle o en el rincón de una colina; en otras palabras, se ha metido dentro de su pintura, ha trasladado el paisaje a su interior y ya no necesita ir a mirarlo fuera, porque ha sido sujeto de una comunión total, la atracción de la tierra se ha fundido con la del color, en un exacto maridaje de fuerzas centrípetas y centrífugas. Asi que hay formasvuelo, pero también hay formas lava, hay formas raíz y formas corola, hay formas que ascienden y formas que bajan, hay formas hoja y formas tallo, hay formas ala y formas fruto, hay formas camino y formas rayo, hay formas semilla y formas nube, hay formas que serpentean en impulsos clónicos y telúricos y hay otras que chisporrotean y estallan en la atmósfera, incluso las hay que recuerdan pulsares y galaxias. Dentro de esta móvil y abierta variedad formal llaman la atención un grupo de magnificas acuarelas del año 1994, con títulos tan significativos como sugerentes; Pasión, Proceso primarlo, Camino cerrado. Noche cósmica, Ingravidez, Edén, Magnetismo y atracción. Sabiduría, fuerza y belleza, donde alumbra de nuevo la idea de movimiento y que traen poderosas resonancias de las secuencias de ADN. Son obras del año 1994, es decir de cuando el pintor había alcanzado una alta madurez creativa y sabía perfectamente hacia donde apuntaba, cintas de colores puros se entrelazan en dobles circuitos, a modo de logarítmicas espirales abiertas, y se encuentran con otras creando campos de gravitación y magnetismo. El mundo floral ha abierto paso al universo galáctico e, incluso, en las antípodas, al microscópico universo de las partículas elementales. Suponemos en Julio una curiosidad intelectual por todo ello, por toda esa maravillosa fuerza de lo invisible para el ojo, pero adivinable e intuible para la conciencia y que sólo un artista verdadero puede traducir a imagen. Quizá en estas acuarelas tan poco “acuáticas”, tan astrales, es donde él ha logrado alcanzar el grado más luminoso de aquello que sentía y ha conseguido expresarlo con las formas más puras.
El ritmo de la composición
¿Cómo compone Julio? Sin duda también a la manera musical, en acordes vibrantes con resonancias kandinskianas, creando amalgamas espesas, sin resquicios de sombras, sin espacios vacíos, con sólo entreveradas y siempre ligeras líneas negras entre los espesamiento de color que podrían servir para interrumpir el fogoso discurrir del cromatismo o para señalar las pausas del silencio. Podría pensarse que en su manera de pintar hay un cierto caos, pero esto es solo aparente, porque, más allá del revoltijo que supone el encuentro y el choque de fuerzas, el vibrante color que las acompaña está puesto contenidamente, las que las armonías de los contrarios y en menor medida según las disonancias de ios contrastes.
Así, por ejemplo, allí donde ha dejado un haz de matices rojos los hace acompañar de sus correspondientes complementarios en verde, el naranja podría crear una violencia lumínica viene a atemperarlo los azules; pero aún hay más: rojos, naranjas, verdes y azules se entreveran entre sí de un modo exquisito y nacen los verdes azulados y los rojos anaranjados y los azules violáceos y los naranja amarillentos y todo el conjunto baila una danza imparable y gozosa. No puede entenderse su composición más que en esa necesidad expansiva del color, en ese baile sin fin en el que hay un predomino de las gamas cálidas del amarillo al rojo, con clara imposición de este último y el contrapunto, en la justa proporción y peso justos, de las gamas frías del azul celeste al verde intenso, con predomino de este último, un verde que con frecuencia lleva mucha cantidad de amarillo, con lo cual deviene cálido. El conjunto se ajusta con sabia modulación, de modo que la efervescencia que crean las temperaturas opuestas se resuelva en armonía, y allí donde el fuego podría convertirse en incendio pone barreras azules, surcos acuosos y allí donde la luz canicular podría volverse insufrible hace brotar una verde fronda, un refrescante cobijo que tiene mucho del paradisíaco “locus amoenus”.
El paraíso, arquetipo universal, se lleva en el alma, pero sin duda la evocación de Galicia, de sus primaveras donde la naturaleza estalla de vida y sus dionisíacos veranos que la convierten en una eterna fiesta, estaba en el corazón de Julio y desde los hontanares de su espíritu se asomaba a su paleta de modo tan necesario y natural como el curso de la tierra en torno a la eclíptica o el paso inevitable de las estaciones.
Sus composiciones, sobre todo las de los últimos años, pudieran parecer anárquicas, pero como ya hemos dicho se rigen por un orden de ritmos y cromatismos acordes, por una disciplina de exultaciones y así lo acierta a ver Antonio Martinez Cerezo:
“… Julio Pujales se tomaba muy en serio el sotanal y andamiaje de la pintura y bajo el aparente anarquismo de sus cuadros subyace una arquitectura de formas sin concesión alguna al azar, al acaso, a la dejadez o a la desgana.” Abunda en la misma visión Bernardino M. Hernando: “La pintura de Julio Pujales es una desesperada armonía. Tiene algo de la ebullición del mundo primero y de la consumación del mundo último”. Para nosotros -insistimos- toda la energía renovadora y fiel de la madre tierra, toda su generosidad espléndida, todo su vitalismo creador, pero también toda la pasión amorosa que mueve las órbitas celestes y que, según Dante, mueve el sol y todas las estrellas. Así lo supo expresar en los ardientes versos que le dedica, Encarnación Pisonero:
“Julio es la explosión del verano,
las espigas granadas,
el ansia de vivir
y los campos de Pléyades…
Allí danzan los soles,
bullen los mares..
Allí los vientos braman,
crepita el fuego
y de su entraña fluye
la lava incandescente
del viejo Timanfaya…”
Julio Pujales ha sido una persona silenciosa y modesta en su vida personal, pero como pintor estuvo entregado con pasión – y su numerosa y vehemente obra así lo atestigua – a la pintura. Tal vez ese mismo silencio expositivo que él se impuso durante años ha sido la causa de que no haya tenido en su tierra el reconocimiento que merecía, injusticia que esta exposición, que nos permitirá contemplarlo en su plenitud, vendrá a subsanar.
Ánxeles Penas
Nacimiento en Timanfaya
Julio es la explosión del verano,
las espigas granadas,
el ansia de vivir
y los campos de pléyades
sobre lienzo y madera.
Allí danzan los soles,
bullen los mares
y germinan sus sueños.
Allí los vientos braman,
crepita el fuego
y de su entraña brota
la lava incandescente
del viejo Timanfaya.
Un cuerpo de mujer le invade
y toma formas
sobre azules y verdes,
amarillos y rojos
malvas y negros
y marrones de páramo.
Arcos de palmeras gigantes
marcan el perfil de una boca,
y el trazo del pincel
la arrastra al pubis
y logra que su vertical sonrisa
devenga en carcajada
al grito del color.
(Encarnación Pisonero: El prisma en la mirada. Eds. Do Castro. Sada. 2000)
LA PINTURA EN EBULLICIÓN DE JULIO PUJALES
En su fase actual la pintura de Julio Pujales se caracteriza por dar cauce a un universo en ebullición, de formas cambiantes, dinámicas, acentuando hacia el orden de la abstracción expresionista tendencias que ya existían en su obra anterior. Con vigorosas gamas cromáticas nos sumerge Pujales en una especie de tobogán, de imaginario lecho marino, de espacio combado -tres aproximaciones a un mismo concepto-, donde se ordenan y combaten, y se combaten y ordenan, elementos ya estilizados cuya función es la de estar en permanente actividad, en incandescente actividad, sin que el resultado plástico se desintegre en lo magmático o confuso. Por el contrario, estos elementos guardan entre sí -amigos, enemigos- una suerte de difícil armonía, de aflictiva pero efectiva coordinación, que es, a la vez, una visión y una expresión. La integración de ambos planos es el efecto artístico.

Sería trivial indagar en el origen de esos elementos, seguramente y a menudo formas naturales; lo que importa es su condición de metáforas, de representaciones profundas de lo real. Como tales, se suman y superponen y yuxtaponen. Y todo da una evidente sensación de vértigo, de cosmicidad, de fusión de lo alto con lo bajo. Rojos y azules, y además verdes, amarillos y anaranjados, entre otros colores de una paleta dúctil y nunca monosémica, se conjugan y traban y luchan y dialogan en un arte que habla de lo de fuera, pero también de lo de dentro. De la materia universal y de su introspección por su contemplador. Una lección de energía, de fuerza, de poderío indomeñable y ciego emerge de estos lienzos. Pujales se alinea en esa fecunda línea de pintores españoles que hacen de la pintura un diálogo intenso con las categorías de lo real. El geometrismo de épocas anteriores ha cedido ahora el paso a estas formas desatadas, libres, incesantes, vertiginosas, que nos hablan del mundo y, a la vez, lo recrean. Un mundo terrible y hermoso a un tiempo, que este pintor gallego aprehende y capta en toda su diversa y fascinante complejidad. Desde los impresionistas éste ha sido uno de los grandes campos de la pintura universal. Pujales lo explora con felicidad plena.
Miguel García-Posada
LA DIFÍCIL PINTURA DESNUDA DE JULIO PUJALES
El pintor gallego Julio Pujales acaba de cumplir los treinta y un años. Es joven, pero posee ya la experiencia suficiente para saber que la sencillez puede llegar a constituir en arte un imperativo al que un artista auténtico no sabe a veces huir. Su sangre celta podría predisponerlo al principio a las soluciones de compromiso, mejor que al “todo o nada” que parecen preferir los iberos. A pesar de ello, cuando algo cala hondo en nuestra alma celta, olvidamos los galaicos incluso el humor y nos entregamos a ello con una pasión que reservamos no obstante para las que consideramos las grandes causas.

Una de esas grandes causas es para el pintor Julio Pujales la pureza de la expresión pictórica. Depurar formas es todavía más difícil que recargarlas. El eco del paisaje queda en las estructuras de Pujales. Poco a poco depuró elementos, hasta que lo que era tierra o mar se convirtió en una masa de color único y en otra masa el cielo. La línea delimitatoria cuando lo que antes fueron mar y cielo son ahora un recuerdo irreconocible en el lienzo, es rectilínea y levísimamente curvada como en los horizontes marinos. Cuando el eco es de tierra y cielo, la delimitación es ligeramente serpenteante, pero igualmente neta. Con este programa perfectamente elaborado, se habría limitado Pujales a pintar lienzos con dos únicas formas y dos únicos colores en cada uno de ellos. Habría allí una posibilidad de realizar análisis de formas y de espacios, prolongando ese camino que nos conduce desde Mondrian hasta los últimos “aciertos pictóricos” de las más complicadas computadoras.
Pujales deseaba, no obstante, poner también una nota de movimiento. De ahí que unas serpentinas infinitas, una especie de recuerdo de lazos flotantes que a mí me han hecho pensar a veces en la banda de Moebius, aunque aquí no veamos su engarce imposible por detrás de la tela, crucen la una o la otra de las dos formas únicas antes aludidas. La totalidad del lienzo se ordena así en una serie de ritmos horizontales, aunque no enteramente paralelos. El conjunto adquiere una delicada elasticidad flotante. Hay en dicha elasticidad la posibilidad de realizar nuevas investigaciones y constituye por tanto un posible punto de partida para un nuevo “llenado” de la tela, tras haber sido punto de llegada en su despojamiento. La diferencia esencial está en que las formas eliminadas aludidas a la naturaleza y han dejado su impronta en los esquemas de hoy. Las formas que en cambio llenarán estos esquemas parecen ser, a partir de ahora, rigurosamente no imitativas, y con un levísimo regusto gestual. La pasión se halla concentrada aquí en el análisis más que en la factura. Concentrada también mucho más en el afán por lograr la igualdad neutra de cada color y de cada aplicación de la materia y no en los amontonamientos de pasta o en las violentas contrastaciones cromáticas. Nos ofrece, por tanto, Pujales en su exposición, una muestra de sencillez que, aunque parezca impasible en su resultado final, ha sido conseguida sin duda con una honda pasión y un hondo esfuerzo.
Carlos Areán
JULIO PUJALES, UN MUNDO DE COLOR Y ASOMBRO
La pintura de Julio Pujales es una desesperada armonía. Tiene algo de la ebullición del mundo primero y de la consumación del mundo último. No es un cosmos saliendo del caos ni un caos inicial que, lentamente, deviene en armonía como si fuese la lava de un volcán en retroceso, el corazón mismo del cráter. Es como una desesperación armoniosa y sabia.
La pintura de Julio Pujales tiene la sabiduría enloquecida de quien se estrena en la pintura después de llevar pintando una vida entera. Sus colores no estallan, se queman, se retuercen, se consumen. Al fin estallan en sí mismos y de ahí vienen esos retorcimientos que yo dudaría mucho en atribuir a un abstracto al uso, un abstracto de escuela. El informalismo expresionista de sus obras y colores tiene una vida tan llamativa y fuerte que se presenta como campos de imaginación, de poderío cromático poco frecuente. El rojo violento, como encorajinado en salsas del espíritu; el amarillo vario y segmentado; los sepias embarrados de luz, los azules, los verdes, los naranjas cordiales y alimenticios, las volutas multicolores que juegan a ser torrentes y nubes y ciénagas del alma y bosques lujuriosos y tripas mágicas de dioses muy antiguos. Da gusto enfrentarse con estos mundos y poner en marcha la imaginación por si fuera posible perseguir con fortuna el temblor del artista.
La pintura de Julio Pujales pudo haber nacido en regiones remotas y en tiempos sin tiempo, cuando los Vedas describían cómo era por dentro y por fuera el ámbito inmortal de los seres celestes.
La pintura de Julio Pujales tiene la virtud de ser joven, de alimentar su propia juventud en dulce fiereza de sabiduría. La sabiduría que sólo dan los años. A medida que pasan los años es más difícil pintar como él pinta y resulta imposible, sabiendo pintar como él sabe, no acabar estallando en colores.
Bernardino M. Hernando
EL MOVIMIENTO ES EL SECRETO DE SU ARTE
Pujales tiene nombre de verano. Su familia era marinera y él supo, desde siempre, que nació para pintar. El mar se le quedó prendido en las pupilas igual que el fuego de las hogueras, el de las noches de San Juan, el de los marineros de la costa da morte que hacían de faro para guiar las naves, y el fuego de las lareiras en las noches de invierno.
La sal en la sangre de sus venas hervía igual que las hogueras, y en su interior sentía una eclosión que gritaba por salir como luciérnagas para ser llama, luna o lucera.
Julio tenía la naturaleza que encierra la preñez, su vientre anidaba en el corazón y la cabeza, hervidero salino que guardaba las esencias de otros mundos a la espera.
Pujales prometeico porque conocía los secretos del fuego. La lava bullía en sus adentros y los ríos se desbordaban en busca de su océano hasta abarcar de tierra a mar, de ocaso a oeste.
En su paleta los vientos del atlántico formaban torbellinos tornasoles, surtidores y bucles caracolas. Jugaban las mareas habitando nautilus o veleros, y el céfiro rastrillaba las polícromas lomas hasta darles formas de peces voladores, cerbatanas, medusas o hipocampos que galopaban hasta llegar a las estrellas después de perderse entre árboles corales.
Los verdes de las ciruelas entre manzanas verdes y amarillas mezcladas con membrillos, papayas, maíz y limoneros; y amarillo tucán, canario y de jilguero, de colibrí y guacamayo, y de ave que se escapó del paraíso. Verde entre verdes olmos y carballos, almendros y cerezos, verde pino, de abeto y de abedules dispersos entre el húmedo musgo y los helechos.
Morados berenjena que querían ser lilas y jacintos, mantos de hortensias y ramos de camelias, y alguna delicada orquídea para la dama que ya tenía nombre.
Rojo cereza y de sandia, rojo alas de mariposa y cochinilla, rojo de gamba y de cangrejo; vivo cresta de gallo y rojo sangre de vid y de las venas. Un predominio de colores cálidos si fuera posible olvidar a los azules. Pero el azul del cielo y del mar cielo nunca faltó en su paleta.

Julio hecho verano, desbordado de formas y de soles que eran más que promesas. Basta mirar sus cuadros para ver arcos iris, medias lunas, plumas de pavos encelados y pechos azul prusia. Azul de mar bravio, cielo en calma y azul de las constelaciones; azul añil, de agua de azahar y botellas de ribeiro y albariño; azul de barco y de balandro; azul turquesa, lapizlázuli y jarrón chino; azul cerúleo, cobalto Sargadelos y de opalinas; azul heráldico, de cuento y ojos azules de los arios y los celtas; azul pizarra, lomo de peces y piedra de luna ; azul de endrina, de uvas negras y de hortensias; azul de acero en navajas y cuchillos; azul sauce, de salvia o de romero; azul acanto y de ceniza; azul de telas blancas y azuletes; azul tuareg y kohl azul en párpados de mozos y doncellas; azul de hielo y nieve, azul sombra, y los azules todos de los sueños.
Los blancos son el mar de las espumas donde nació Afrodita, y Delos abrasador con soles verticales que fecundan la tierra en un ciclo interminable. Los blancos son la luz que requerían sus requiebros.
Pujales, Julio Pujales, manojo de algas y glicinias para que dancen las doncellas, tritón que bucea para brindarnos los pálidos anaranjados o granates que esconden las madréporas; los ambarinos de las esponjas que rapta del mantus submarino, los rojos coralinos que brindaron con lava, fuego o sangre de volcanes que fluyen también de las granadas que tienen el vientre abierto.
Julio, la explosión del verano, jugando con Van Gogh a inventar colores, capaz de ver las mieses de tierra adentro cubriendo las montañas y los mares. La explosión del verano cuando los frutos logran su plenitud de colores, cuando maduran y revientan para mostrarnos lo que esconden sus formas.
Su expresionismo es la libertad del juego, su obra contiene el grito de la alegría y la tragedia hasta ser desbordamiento. Era un poeta del color que creía en su trabajo, por ello amó la naturaleza en el esplendor de sus formas y colores.
Las escamas de los peces se volvían plata en su paleta, las alas de cormoranes y gaviotas fueron los abanicos con que calmar su fuego.
Sus acuarelas habrían hecho la delicia de Moebius, cintas vibrantes de colores en plenitud de esencia, aros, hojas de palmeras, flexibles y aéreos en manos de las gimnastas rítmicas. Deseo incumplido de las danzantes que bailaban y saltaban al toro en la arena de Creta.
Pujales, al que la vida le cercenó en el momento de su mejor creación y el más fructífero, cuando teas de pez ardiendo eran la luminaria de sus sueños. Vértigo de hélices sembrando colores en sus telas para ofrecernos otra visión en estos cuadros de la presente exposición, hasta ahora inéditos.
Cuando empieza a tomar conciencia de si mismo, cuando encuentra su lenguaje, cuando la fiebre llega a la cima y una sinfonía de sortilegios brota de su nimbo, cuando del aparente caos emergen la pasión y el conocimiento, la naturaleza hecha lujuria se transforma en vida, de la desesperanza surge la magia que domina el temblor de un infrecuente cromatismo hasta ofrecernos la unidad del ser y del haber que forman la fuente de la vida.
El movimiento es el secreto de su arte. Vemos fragmentos unidos después de sufrir corrimientos de tierras, cambios de estratos, secciones de una visión que antes no existía y que ha formado la propia naturaleza en sus metamorfosis, donde la tierra picón o la arenisca se adhieren a la pintura de modo casi imperceptible. Donde la escoria deja de serlo para ascender a otras esferas. Donde la metamorfosis de la naturaleza coincide con su interior metamorfosis para entregarnos lo desconocido.
Nada de azar en estos puzzles; las tiras se juntan e intercambian no por capricho del autor sino por una introspección de la consciencia que viaja en el tiempo de todos los presentes, en esa subjetividad que abarca en el momento de la creación la eterna memoria.
De cada dedo de sus manos brotan vómitos de mundos arcanos, soñados o vividos, pasados o futuros. Cada cuadro es una floresta silvestre donde se mezclan los colores. Volcanes, mar, constelaciones.
El tejo, la plata tenue del eucalipto joven, el carballo, el helecho, el lirio y la toronja; el hinojo, las jaras y el tomillo; la menta, el tojo y el brezo; aderezos entre caminos y pistas, alfombras de monte bajo. Y las piedras y lindes rodeadas de yedras, madreselvas y enredaderas que trepan a los muros y los árboles para ser alimento del cuerpo y del espíritu, para colmar los ojos de tanto ver en el mirar.
Quizá en Galicia veía los colores atenuados por las nieblas y las lluvias cuando su ser clamaba por los colores puros, en plenitud total. Necesitaba ir a Cumas para rogarle a la sibila que descorriese el velo, pedirle que le hiciera partícipe de la luz sin que el reflejo cegara sus ojos al contemplarla. Por ello buscó el mediterráneo donde la luz lo inunda todo.

Así la individualidad de su cromatismo ejerce la violencia donde luchan las germinaciones por encontrar su floración correspondiente.
Los nombres de sus obras son reveladores del proceso, camino cerrado, pasión, alud y destrucción, ver sin oír, éclat, tormentas, fuentes de energía etc. donde la rebosante plenitud produce una inquietud incierta, de exceso, de magma que busca su camino después de la orgía derramada, hecha jirones.
Ver sin oír porque él se centraba en el mirar, ojos en los oídos y ojos en los dedos, porque Julio creó porque creía, porque al ver creaba y al crear veía. Retorno circular y elíptico que le cambió de esfera, viaje imparable donde la meta es siempre el horizonte.
Camino cerrado donde el motor es la pasión sin frenos, la destrucción o el amor que nos cantó Aleixandre.
Así se regenera el ciclo de la vida, después de la eclosión surge la calma, el fruto después de sembrarse la semilla, un trabajo constante para buscar conocimiento. Escollos y arrecifes, desiertos y glaciares en su paleta del comienzo donde un poco de vida se fue quedando en cada avance.
Su mirada serena y su gesto alegre eran para los otros. Él se guardaba sus viajes interiores, la vorágine, los ciclones, la ebullición de los tornados o tsunamis, los géiseres, la fiebre y la tensión del grito.
Hace falta traer por equipaje un conocimiento ya aprendido, que crece en cada paso, para transformar la fuerza de su cromatismo y brindamos una fiesta, la plenitud del canto y de la luz, y hallar el camino que transmute lo perdurable hasta alcanzar la armonía después de esta orgía de arcos iris.
En el mundo de las profundidades Julio Pujales conduce el hilo del laberinto, domina las encrespadas olas desde su corazón de barca, mientras el pensamiento guía el timón y los remos de este pintor, marinero en tierra, que aceptó su destino.
Scardanelli.*
• Scardanelli es el nombre con que firma la poeta Encarnación Pisonero los textos sobre Artes Plásticas
JULIO PUJALES EL PROCESO PICTÓRICO HACIA LA ABSTRACCIÓN
El arte no existe sin esta sensual, curiosa
y escrupulosa pasión, por sentir el relieve
de lo físico, los detalles, las formas…”
(Claudio Magris)
“Quien no entiende la pintura abstracta tampoco entiende la figurativa” afirmaba el maestro Antonio López García en una amplia entrevista que se le hizo en Radio Nacional de España (1). La pintura no es una cuestión de argumento, tema u objeto; la pintura es un asunto de pintura -es necesaria la repetición, la redundancia- para entender que el arte pictórico, como la poesía que afirmó Horacio (2), conlleva una suerte de elementos intrínsecos como son la forma, el ritmo y el color a través de los pigmentos -óleo, acrílico, acuarela, pastel o técnicas mixtas- sobre un soporte de tela, tabla, cartón o papel entre otros.
Asumido ese aserto, afirmación aparentemente simple, se comprenderá mejor la trayectoria en el arte del pintor Julio Pujales (A Coruña, 1939 – Madrid, 1998) en la que puede verse un pulso sostenido y coherente entre la figuración clasicista de sus primeras obras en los años 50 hasta la abstracción geométrica de etapa más avanzada, o encendida y vibrátil, más tarde, a la luz de las décadas comprendidas entre los años 1970 a 1990.
El pintor gallego ha ido madurando, investigando y evolucionando en su manera de mirar y contemplar la realidad y, sobre todo, en su manera de interpretarla con el lenguaje que él dominaba: la pintura. Partiendo de una interpretación objetiva, académica, aprendida en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, el autor avanza con pulso firme hasta encontrar su propio estilo en una serie de etapas que van definiendo con más propiedad su obra plástica, hasta encontrar de lleno sus particulares señas en la pintura, su identidad su caligrafía pictórica. Podemos decir que, a su muerte, el artista gallego había conformado su aportación creadora única y, por tanto, nos ha dejado un estilo propio, una pintura singular que le caracteriza en la interminable Historia del Arte. Julio Pujales nos ha dejado el máximo de sus posibilidades como artista porque se entregó a ella de lleno.
El paisajista romántico alemán Caspar David Friedrich decía que “la rigurosa imitación de la mínima particularidad debe ser la aspiración del arte, pero la rigurosa y también esclava imitación de la naturaleza son propias del arte malogrado… la tarea del pintor de paisajes no es la fiel representación del aire, el agua, las piedras y los árboles, sino que es su alma y su sentimiento lo que ha de reflejarse”.
El alma y sentimiento de Julio Pujales es lo que aparece en su pintura, cualquiera que sea la etapa que conforma su manera artística de trabajar. Como creador inteligente, el pintor gallego no quiso quedarse encerrado en la cárcel del estilo sino que lo hizo evolucionar con diversas vueltas de tuerca a lo largo de su carrera pictórica. De la figuración académica de sus inicios -como ya he señalado- pasó después a una figuración abocetada o desdibujada en la que no le interesaban los detalles del motivo que interpretaba con el pigmento, sino la traslación fauvista o fáustica de aquel. Muy pronto apuntó maneras encendidas sobre el color. Los paisajes de los años 60 hablan claramente de esta transformación -véase por ejemplo “Jardines del Generalife”-, incluso en la interpretación de personajes como “Moza con vestido rojo”, una serie elocuente de acuarelas de espléndido resultado lleno de audaces armonías.
Con esa libertad de mirada y de interpretación plástica, el objeto pictórico quedaba liberado de sus límites naturalísticos para hacerse “más pintura”, a base de una pincelada libre, jugosa y cremosa en su serie de paisajes sobre lienzo o cartón que lleva a cabo en la década de los 60.
El expresionismo abstracto norteamericano, con De Kooning a la cabeza, sería la última vanguardia, según afirmación de buena parte de la crítica de arte. A partir de los 60 nacerían las “vanguardias radicales”, sucesoras de las “vanguardias históricas” o heroicas, que habían nacido en torno a la primera guerra mundial hasta 1920. Pues bien, aquellas, las vanguardias radicales de los 60 han sido las que han conformado el arte contemporáneo más punta de lanza, de la misma manera que las vanguardias históricas perfilaron el arte moderno.

En la obra más cuajada de Julio Pujales, la de su última etapa en los años 90, se percibe el magisterio latente de Claude Monet, Vasily Kandinsky, Vincent Van Ghog, Henri Matisse e incluso el matrimonio de los Delaunay.
No olvidemos que Sonia Delaunay estuvo en España y llegó incluso a abrir una tienda de diseño de moda en Madrid. Todos estos artistas citados miraron la naturaleza con atención para extraer de ella su infinita gama de sugerencias y armonías en ritmo y color más que en forma perfilada; la contemplaron sobre todo con ojos de pintor que interpreta, que va a trasladarla al soporte con el color de su propio estilo. Es la sensibilidad y la conciencia nueva del artista moderno y contemporáneo el que va a trasvasar lo contemplado por los sentidos a la nueva interpretación del arte, donde la forma se independiza del dibujo académico pesante. Después de todo, la forma es y no es al mismo tiempo, según el pensamiento zen.
El Museo Thyssen-Bornemisza llevó a cabo recientemente una muestra titulada “Monet y la Abstracción” en la que se ponía de manifiesto como el jardín de Giverny había llevado al pintor impresionista a una paulatina trasformación de su arte, a una depuración de las formas hasta encontrar el momento evanescente de las mismas, debido al cambiante pulso de la luz que lleva a la descomposición de aquellas, que se ven reducidas a mero cromatismo. El jardín como metáfora del universo, como retrato moral del artista. En las retinas de Monet ya estaba el conocimiento de la obra de las tormentas en el mar de William Malor Turner y de Whistler, donde el objeto se descompone continuamente en la luz brumosa y cambiante del paisaje en la marina acuosa. La gran secuencia de los maestros en la imparable Historia del Arte, un cordón umbilical que no se acaba nunca y que sostiene el conocimiento artístico desde Altamira y Lascaux hasta nuestros días.
Julio Pujales nació junto al mar en A Coruña y ha veraneado durante años en Corme, punto bravo de la Costa da Morte, donde ha contemplado con frecuencia, la niebla, la neblina, la bruma y la luz del sol que envuelven la figura sin aquilatarla jamás. De igual manera, en sus viajes a otras latitudes de sol radiante de Mediodía, -de Andalucía en concreto- donde el sol reverbera y con su refracción actúa sobre la forma del objeto y lo descompone en mil destellos. Es el juego del tiempo y el espacio, una vez más el panta rhei de los griegos, el tiempo que fluye y actúa sobre los hechos y las cosas de los hombres, también sobre los objetos y figuras que se asoman a la mirada del hombre y en especial a la contemplación del pintor. El tiempo también actúa sobre la apariencia de las cosas. La forma conlleva en sí un dinamismo que el pintor gallego atrevido y trasgresor ha querido aprisionar en sus lienzos como Agustín de Hipona toda el agua del mar en una concha de la playa.

El artista reflexiona pintando, dijo con acierto Cezanne y sus razonamientos discurren a través de su propio medio expresivo, por eso su lenguaje en el arte no es literal. Recordemos que tanto la teoría de la expresión como la cognitiva sostienen que el arte “comunica” pensamientos, sentimientos, emociones e ideas.

Paisajes libres y fauvistas
La Naturaleza de la tierra, tanto o más que el mar, ha sido el deus ex machina de buena parte de la obra artística de Julio Pujales, al menos donde el autor ha dado sus máxima expresión. Queda dicho que en los cuadros de los años 60, en los paisajes granadinos, sobre todo los referidos al Generalife, el pintor plasma la realidad con una economía de trazos asombrosa, en las que el ritmo de la pincelada construye un dibujo alusivo a la forma y plasma las armonías de forma y color que mejor se avienen a la mirada del autor. Asombra esta serie de cuadros prácticamente fauvistas, en los que el color se hace dueño absoluto de la interpretación del lugar de referencia, por su resultado claro y evocador del referente.
No olvidemos que el fauvismo -color salvaje, color libre- como el expresionismo alemán, nació como vanguardia histórica en 1905 antes incluso que el cubismo de Picasso en 1907 y abría de nutrir buena parte del arte del siglo XX. Al fauvismo se adscribieron entre otros Matisse, Derain o Vlaminck. Surgió después el collage en 1910 de la mano igualmente del pintor malagueño. Estos movimientos de vanguardias eran conocidos y habrían de ser reinterpretados de nuevo por nuestro pintor gallego Julio Pujales. El arte es un continuo lugar de paso para el hombre y el artista no se instala en él como un refugio de cómodo abrigo. El arte es un proceso de reinterpretación continua de la realidad, de espacio de creación en el que el autor ha de sentirse a gusto y por ello lo transmite al espectador.
Mención especial merecen los paisajes en tapices de Julio Pujales, también de los años 60, a base de un habilidoso collage de telas de todo tipo, color y textura, que conforman visiones de casas con ventanas y balcones, caminos, árboles y flores, en acertados reposteros, más que tapices en sentido estricto.
En los 70, Julio Pujales crea una serie a base de cintas o arabescos -alguno en el más puro estilo de los pendolistas de Carlos III-, en pintura acrílica que se avienen mejor a la plenitud cromática del soporte en el que se asientan las lacerías, líneas y polígonos creados al efecto. Lamentablemente no dio nombre a la serie y los cuadros se mencionan con el genérico “Sin título”, siempre inconveniente para el trabajo clasificador del crítico de arte. Son piezas de una gran belleza ornamental, que se desenvuelven en composiciones muy diversas, en las que cabría destacar algunos de sus cuadros que, a falta de nombre, hay que describir forzosamente como rectángulo rojo central sobre fondo negro o rectángulo atravesado por líneas amarillas y magenta en un recorrido transversal. Tienen algo de brioso juego manual y circense, de movimiento lúdico en la pista del cuadro, donde el autor disfruta con sus movimientos rítmicos de allez-hop en una pista de tabla, en los que el “domador” de la pintura domestica el pigmento en la forma más definida y construida del dibujo geométrico. Una etapa muy concreta del autor gallego que se inscribe por derecho propio, durante un tiempo, a la pintura constructiva española de borde duro y que por tanto debe figurar en los manuales de este movimiento, durante el tiempo en que lo ejercitó.
En los paisajes de finales de los 80, Julio Pujales empieza a rotularlos también “Sin título”, salvo excepciones como “Torrelaguna (Coutos de Monterrey)”, porque no es el lugar ni el tema lo que le interesa al artista, sino la pintura emergente de su creatividad, aunque parta de la mirada a la naturaleza, siempre fuente de renovación en el arte, como lo es de sí misma. Esta actitud se hace aún más patente en los 90, cuando al “Sin título” le añade el paréntesis con el lugar si no de referencia paisajística, sí al menos como espacio alusivo o lugar donde se engendró el cuadro: Valencia, Granada, San Sebastián… Lugares de ser y estar, de motivación para su pintura, donde ésta se desgaja y vuela más allá de la anécdota del “topos”.
“Allí danzan los soles, /bullen los mares/ y germinan los sueños” dicen con acierto los versos de Encarnación Pisonero al hablar de la obra de Pujales. La visión de la poeta plasma con valientes metáforas el logro de su pintura: “Allí los vientos braman, /crepita el fuego/ y de entraña brota/ la lava incandescente/ del viejo Timanfaya” (3). En otro poema la escritora dice de modo directo. “El color se engalana, centellea, / encuentra versos, bulle sintonías… / el color, embriagado…” La poeta comunica con brío el logro cromático sin necesidad de situar la obra del pintor en un contexto histórico. Recordemos que los fauvistas y expresionistas alemanes enfatizaron el color porque vieron en él su valor simbólico. El color nunca es inocuo y mucho menos cuando no lleva aparejado una referencia geográfica sino una visión retiniana del arte, que es el caso del artista que nos ocupa.
Es el paisaje bravo y salvaje de Timanfaya, que se traduce en ritmos envueltos en armonías inquietantes, parpadeantes de colores. Cromatismo inquieto que responde a la concepción real del tiempo como navegante imparable de los hombres, como fluir incesante de la materia. Me atrevo a decir que en esta etapa está lo mejor y más granado del artista, la sabiduría de su experiencia alcanzada a lo largo de los años. El canto de cisne de un artista que iba a morir poco tiempo después.
La pintura última de los paisajes de Julio Pujales interpreta la figuración fluyente de la naturaleza, la pintura sostenida del perpetuo devenir de las estaciones; el instante fugaz e irrepetible de la realidad de las cosas; la condensación en la imagen del cuadro por la capacidad sostenida de la mirada observadora del autor y su dominio en la ejecución plástica.
Junto a la pintura cromática y radiante, el pintor no olvida el trazo. El dibujo como idea germinal, como disciplina y modo de hacer mano, como medio de plasmar un concepto, como inteligencia que diría don Eugenio D´Ors frente a la pasión del color, fue práctica habitual de Julio Pujales. El dibujo exige la línea más que el color que demanda la pintura. Pujales vuelve a darnos ejemplos interesantes de esta actividad, como los dibujos a lápiz y grafito de los años 70, en los que visiones anatómicas, casi oníricas e inquietantes, aparecen sobre el papel. Una serie, más que etapa, casi surrealista, que nos habla de las inquietudes o indagaciones de un autor que no desdeñaba los distintos campos que conforman el arte, porque todo artista que se precie es pluri-disciplinar y así lo reconocen la mayor parte de las nuevas generaciones.
Los dibujos realizados por Pujales en los años 80 quieren introducir el color y lo hacen por medio de rotuladores. En esta serie aparecen formas paisajísticas o abisales de un mundo que inventa más que recrea. También da forma a objetos más reales como caracolas, cajas, recipientes, fotografías, rostros y pajaritas de papiroflexia… Un puntillismo diminuto, casi imperceptible le sirve al artista para envolver, dar intensidad o sombras a lo representado. El autor no quiso poner títulos de nuevo, en un deseo quizás de dejar abierta la interpretación al que contempla. No conviene desvelar el misterio del cuadro; no hay que constreñir en exceso la mirada del espectador; incluso conviene a veces desconcertarlo y jugar con él al escondite que conforma y late en la obra artística.
Julio Pujales era un gallego errante en el sentido de que viajó con frecuencia a diferentes ciudades, porque sabía, como Ulises, que el viaje enriquece más que a nadie al propio viajero, porque alimenta su conocimiento de nuevas gente e ideas, de gradaciones novedosas de la luz, de nuevos impactos visuales o sociales, al tiempo que le muestra otras vivencias de la condición humana. El viaje siempre lleva al contraste y la reflexión, abre la mente. El viaje que debiera ser una disciplina impuesta a los hombres, al menos durante cierto tiempo, como lo hacían los estudiantes de Carmina Burana. Cuando se regresa a casa, el viajero ya no es el mismo que marchó, porque no se es igual antes que después de haber conocido el mar y dejarse lamer los pies por sus olas o antes y después de haber escalado las laderas de las colinas y haber contemplado el paisaje desde la altura de los oteros.
Al mismo tiempo, hay que insistir en que más que los lugares, es la pintura, con sus formas, ritmos y colores, la que cobra el protagonismo absoluto en la obra del pintor, la que emerge como reina y señora del arte, del cromatismo particular del autor, más allá del trasunto que la motivó, porque es la interpretación interior del artista la que va a plasmarse en los cuadros y, menos su simple visión retiniana al menos que se entienda ésta como transmutación de la mirada. En este sentido, hay que decir que algunos cuadros –sobre todo paisajes- de Julio Pujales se traducen en puro informalismo danzante y volador que parece aludir a visiones tropicales de selva o a profundidades abisales de hermosos fondos de corales y exóticas planta marinas, según la mirada caprichosa e interpretativa del espectador crítico que también crea y traduce al mirar un cuadro. No olvidemos que la realidad no está dibujada, es un artificio; es el color el que define, esto lo vieron con claridad los impresionistas al salir al aire libre.
La naturaleza es motivo inspirador y manipulador del alma, como lo puso de manifiesto la pintura romántica e impresionista del XIX. El paisaje ha sido definido como “un estado de ánimo” del autor más allá de la representación naturalista. Paisaje como género artístico que lleva a la reflexión del pensamiento más que a la afinidad geográfica con el modelo.
La ruina y fragmentación de la imagen
“Composición” I y II titula Pujales algunos de sus cuadros, porque el autor sabe que trabaja con juegos de color más que con referencias a la realidad o a la visión fotográfica. Su obra potencia la visión con un cromatismo desaforado más allá de su apariencia, incluso diluyéndola. No hay que olvidar que el siglo XX y lo que llevamos del XXI ha acarreado al arte lo que se denomina “la ruina de la imagen”, en favor de una figuración escueta o sincopada que lleva de manera casi irreversible a la abstracción.
El artista gallego conocía la lección de la modernidad; sabía que la realidad no es clara y diáfana sino fragmentada, que sólo percibimos su apariencia, la epidermis de su esencia y esto lo lleva también a sus cuadros, porque sabe que la pintura, arte ilusionista y mágico por excelencia, permite la simultaneidad y la superposición de formas. Observemos algunos de los títulos de sus últimos trabajos pictóricos: “El valor de la intuición”, “Dislocación de la materia”, “Danza máxica”… También el “Homenaje a Antonio Machado” participa de esa idea de ruptura de planos. En todos ellos fragmenta la composición introduciendo en ella rupturas de ritmos dentro de un mismo lenguaje que trastoca la uniformidad del soporte con trazos y pinceladas en diversas direcciones, sin perder nunca la idea de composición única y armónica. Resulta interesante situarse delante de una de las telas abstractas de Pujales y seguir con la mirada el equilibrio de la pintura, prestando atención a la situación de los blancos, al diálogo de los naranjas o a los ritmos de los rojos, verdes o azules. Esa es una labor callada y fundamental de un pintor que sabe dar en su obra lo mejor de sí mismo, su sabiduría profesional como artista y su capacidad de traslación anímica.
Permítase que exprese mi preferencia por la serie de obras que entrecruzan los diversos planos en una geometría alborotada, casi lúdica y orfista. Los títulos “Sin centro” -con ocho planos-, “Desorden”, “Fiesta al mundo” o “Beaumont” -cinco planos- estarían en este apartado y nos hablan de una vibración poligonal de los colores, con el resultado de los cuadros más hermosos que puedan contemplarse. El autor ha retomado de nuevo la línea de la geometría que dejó en sus “cintas”, pero de manera muy diferente y renovada, teñida de un orfismo gozoso en el que la música se adivina al compás de la danza de líneas y vibraciones del color. Hay que resaltar ese orfismo radiante en el trabajo plástico del artista gallego que nos ocupa. Un sentido de música y baile de los colores, que le acercan de alguna manera a los Delaunay, con resoluciones formales muy distintas. Ahí están los títulos más rotundos en este sentido: “Noche cósmica”, “Edén”, “Ingravidez”, “Pasión”, “Magnetismo y atracción”, “Camino pechado”… Todas estas obras son acuarelas del año 1994 y son de lo más complejo y logrado por el autor.
El artista gallego solía escuchar música mientras pintaba. Mozart, Beethoven y Juan Sebastián Bach eran sus compositores preferidos. El arte inmaterial de la música se ha fundido en muchos casos con el arte matérico de la pintura que lleva igualmente al disfrute de la sensibilidad del alma.

De Julio Pujales se podrían destacar numerosas facetas, pero el espacio concedido para este libro no permite más, si acaso unas palabras para destacar la pasión de coleccionista -compartida con su esposa Cristina Torre Cervigón- capaz de adquirir obras de otros colegas para convivir con ellas y hacerlas dialogar con las suyas. No todo artista es generoso para aprobar o comprar obras de otros colegas; con más frecuencia se llega al intercambio. Estas piezas ajenas elegidas por el matrimonio Torre-Pujales se podrán contemplar paulatinamente en las exposiciones sucesivas de la Fundación Torre-Pujales creada con grandeza y esplendidez la esposa del pintor en Corme, en pleno litoral bravío de Galicia, en la Costa da Morte, lugar que ha provisto de los mejores marinos, como lo puso de manifiesto el rey Alfonso XIII al contratar su tripulación entre los nativos de la citada localidad. La Fundación Torre-Pujales en la céntrica rúa Real viene así a enriquecer el patrimonio cultural de Corme y de toda Galicia, con unos fondos que superan las seiscientas piezas, de las que se pueden extraer diversas exposiciones articuladas en torno a diferentes géneros como escultura, pintura, fotografías, dibujos o grabados o distintos estilos y conceptos. Un rico patrimonio artístico del que se beneficia, en primer lugar Galicia, y, en definitiva, todo el circuito internacional del arte.
La Fundación provee además de generosas becas a los creadores artísticos, que enriquecerán su bagaje al conocer la Fundación Torre-Pujales y la hermosa geografía gallega que la circunda.
A modo de conclusión cabe decir que la pintura de Julio Pujales no se encerró, como se ha apuntado en la cárcel del estilo, sino que fue evolucionando en sintonía con las inquietudes e investigaciones plásticas del autor, capaz de renovarse y practicar distintos quiebros desde el punto de partida. Su pintura era un devenir al compás de la misma vida que fluye y recibe el impacto de todos los ángulos de la existencia. La génesis que se abre en los comienzos de un artista y que se desarrolla siguiendo las pautas de sus inquietudes e intereses artísticos. El antropólogo José María Bermúdez de Castro lo expresa de modo elocuente: “El arte es una profesión genérica de la que viven muchas personas, pero la necesidad de expresión de los verdaderos artistas está muy por encima de lo que esperan conseguir a cambio de su trabajo (dinero, fama o reconocimiento). El arte es así una necesidad del ser humano, que surge de una mente de capacidades extraordinarias” (4)
El pintor gallego, rebosante de talento artístico, nos dejó en plenitud de su saber y actuar, en plena experiencia y trabajo pictórico en marcha. Un aneurisma cerebral nos lo arrebató demasiado pronto mientras caminaba, quizás pensando en su siguiente cuadro donde todo buen pintor vuelve a plantearse un nuevo dilema de ejecución renovada. Julio Pujales había atravesado de manera casi pautada y coherente la figuración -sin abandonar nunca del todo la forma- para llegar a una suerte de abstracción que habría de definir mejor su singularidad y logros en la pintura, su fogosidad rítmica y cromática. En suma, su reflexión sobre el arte y la vida. El arte es agrandar los límites para ver lo que nadie vio antes, afirmó Rosenquist. La pintura de Pujales ofrece una mirada renovada que aporta gozo a las retinas, a la sensibilidad y enriquece el pensamiento de quien la contempla.
Notas:
1.- Entrevista en el programa “No es un día cualquiera”, de Pepa Fernández (Domingo 28 de febrero de 2010)
2.- Ut pictura poesis. Horacio
3.- El prisma en la mirada. Encarna Pisonero; Edicios do Castro, A Coruña, 2002. Seleccionado por José Maria Balcells en Ilimitada voz. Antología de Poetas Españolas 1940-2002. Publicaciones de la Universidad de Cádiz. 2003.
4.- José María Bermúdez, autor de “La evolución del talento” (Editorial Debate, Madrid, 2010) en la entrevista de “El Cultural” del 14 de mayo de 2010.
Julia Sáez-Angulo
Vicepresidenta de la Asociación
de Críticos de Arte de Madrid
Julio Pujales
Si el color busca rumbos en su selva,
Ritmos en sus océanos, cabalgatas
En su nimbo de luces y de cánticos,
Ya habrá un artista que en los laberintos
De mano y de mirada
Busque el incienso donde la flor nace,
Escuche la corriente de un destino
Para quien no es bastante el Arco Iris.
El color se engalana, centellea,
Encuentra versos, bulle sintonías
En todo el esplendor desarrollado
Por imaginación y por impulso.
Ondas de fuego, alborear de frutas,
Azules entrevistos,
Oro que invade alegres superficies,
La diversión de un sol estremecido,
Todo se agrupa por el sortilegio
De mano y de mirada,
Catarata de todo lo soñado,
Ruta de faros hacia lo vivido.
El color, embriagado
De sus viñas eternas , se alboroza
Ante una realidad de abierta fiebre.
Leopoldo Rodríguez Alcalde (1ª medalla de oro a la crítica ARTESANTANDER)
Julio Pujales, pintor de ritmos
Como todos, me siento incapaz de saber si asistimos ahora al desenlace de la epopeya del siglo XX -concebido él mismo en el XIX y antes engendrado por las Luces- o a su estallido. Por una parte, el cumplimiento de la utopía permite al fin aprehenderla en su totalidad; por otra… los griegos ya advirtieron que todo el progreso está maldito. Como todos, como el definitivo Coetzee de Desgracia, me siento incapaz de decir si importa o no que esto sea el fin, porque lo finiquitado, aunque hermoso, siempre se coció en el horror (y la hipocresía).
La globalización, la democratización y la interconexión han minado las jerarquías: el mundo -la cosmología-, como habían previsto los Deleuze y Guattari de Rizoma, ha pasado de tener forma de árbol a tenerla de raicillas, de enjambre. La intercomunicación, por ejemplo, ha dinamitado el modelo piramidal -vertical- de generación y transmisión de la información (un emisor en la cima y millones de receptores en la base), creando un sistema horizontal en el que nadie puede sobresalir -ni por su autoridad, ni por la calidad de su discurso- entre los millones de emisores-receptores interconectados.
Recientemente este mundo sin taxonomías, sin jerarquías, sin aristocratismos (el mundo de la utopía, sin duda), ha empezado a mostrar su verdadero rostro: movimientos espontáneos de masas -y de dinero-, extraños cambios masivos que afectan a países e incluso continentes enteros y que las ciencias explican a posteriori escamoteando vergonzosamente el hecho de que no supieron preverlos…
Ritmos. Un latido, un pulso que fue inaudible mientras las elites mantuvieron a la humanidad sometida a un orden rígido y que, en el estallido hiperdemocrático, empieza a hacerse perceptible. Un pulso que no puede ser sino el de la naturaleza, claro está, y que nos la devuelve y nos devuelve a ella de forma casi inesperada, paradójicamente, cuando el triunfo total de la razón disuelve la vieja razón (o la limpia de su horror).
Julio Pujales, pintor del pulso arcano: “hay guiños icónicos que apuntan ya a un panteísmo esencial. Dibujos en los que formas pétreas que recuerdan el megalitismo y los cultos litolátricos de la Galicia prehistórica, adoptan formas antropomorfas, semejantes a Venus estatopigias de voluminosos senos, como la de Willendorf y la curva ya está ahí, poderosa, pero todavía asentada en la tierra, atraída por las fuerzas telúricas; de hecho, esas piedras antropomorfizadas son como un símbolo de la gran madre, todavía quieta, aguardante, sosteniendo el mundo (…). Igualmente cuando pinta paisaje, y lo hace mucho en esta época, todavía está ahí la quietud, y aunque la línea ondula todavía lo hace en horizontal, viajando sobre la curva de los montes, ahondándose en los valles, discurriendo por las fértiles vegas y, en suma, acariciando la piel de la tierra” (Ánxeles Penas ).
El ritmo -y especialmente, el de la naturaleza- recorre su producción de principio a fin y es a “la danza del color que estalla en sus cuadros, émula del empuje vital que cada primavera hace que los huertos y las plantaciones se llenen de ubérrimas exuberancias y exploten de frugales orgías los veranos y junto a las indómitas y potentes aguas del Océano Atlántico una corona de montes y fallas costeras luzcan los más espléndidos verdes…”, a la que la escritora vuelve una y otra vez en sus certeros análisis: “pintura del movimiento, sobre todo de aquel que es expresión de lo biológico y germinal, de la vida orgánica en su exultación”.
Julio Pujales, pintor de ritmos (¿hace falta añadir algo, si el artista los pintó tantas veces al desnudo, sin la excusa del paisaje siquiera, en esas inquietantes cintas de principios de los setenta, y luego en las soberbias explosiones abstractas de los años noventa?); no será el único artista del siglo XX, el siglo de la utopía democrática, cuyas intuiciones podrán ser revisadas y acaso reinterpretadas a la luz de lo que el XXI nos revele: las vanguardias -tan diversas- no representaron solo un titánico y exhaustivo trabajo de corrosión del orden cultural burgués (el propio Pujales pertenece a la generación que reaccionó contra los pintores de cuadros de historia, sus maestros), sus cánones y sus estructuras de poder, sino también la búsqueda de sentido en lo magmático, lo desestructurado, lo liberado. Todo artista del siglo XX será moderno en el XXI. Pero acaso lo sean más aquellos que más tempranamente entrevieron los límites de la razón o, por decirlo de otro modo, los que sospecharon que existía otra lógica en las cosas. Ellos construyeron el paisaje del nuevo mundo.
Javier Rubio Nomblot
Comisario y crítico de arte.
JULIO PUJALES Y EL ORDEN
El orden, la elección del equilibrio; el depositar los elementos justos en su justo lugar, dijo Kandinski; el arte de saber sentir la voluntad con su amplia, honda y larga cualidad creadora que vuelve creadores nuestros actos, proporciona raíces a nuestras ilusiones y abre camino claro y amigable a la aventura de relacionarnos con lo conocido y con lo todavía desconocido. El orden en la mano del artista, un orden abundante en centros de atención y signos plásticos como el que practica la mano de Julio Pujales, es la segura manifestación de un alma que dispone los procesos de la separación y la reunión, que es dueño de un estilo individual en el entretejido del arte y de la vida, y que posee el sentido de la composición. El orden que cultiva el horizonte de la madurez, tras la tan necesaria estancia en el desorden y la viva experiencia de la confusión.
El orden: la respuesta a una ley que favorece la vida de la libre voluntad. Todo es oscuro si no ejercitamos el gran deber de nuestra libertad. La ley, el mandato, la regla, el dogma, el bando, la prescripción, el decreto…, todo ello solo es fértil cuando se llega a la gran conquista de sentir, de pensar y de actuar enlazando en la vida personal la euritmia de la vida: componiendo la vida con pinceles cargados con amor, confianza, observación profunda y esa atención goetheana que puede conferirnos el aprecio, el conocimiento, la estima auténtica de nuestra riqueza física, anímica y espiritual, frutos inapreciables de la fantasía exacta, de la imaginación moral que abre el curso de las preguntas, que nos mantiene en las preguntas durante años y años, tantas veces… hasta que merecemos las respuestas: esa tensión entre las preguntas y las respuestas es eminentemente artística, y por tanto eminentemente humana. Esa tensión supo pintar Pujales de forma magistral, veraz, moral, segura.
El ser humano tiene, para conducirse en el mundo, el arte y el conocimiento. Tal aseveración, regalo de Aristóteles, nos vuelve agradecidamente griegos, con ese punto justo de altivez y humildad que nos libera del brío adolescente, del capricho expresivo y del estorbo intelectualista. Para conducirse en el mundo, Julio Pujales llegó indudablemente a la experiencia de certezas inapreciables, certezas que nos entregó en su pintura; llegó a conciertos, acuerdos, relaciones y armonías que fundamentan las metamorfosis de sus imágenes, de sus creaciones, de su forma de amar la tensión creadora, de su cultivo artístico de la paradoja, no de la contradicción, nunca del contrasentido; no el mentís ni la réplica infundada, no la oposición triste, el alboroto ni la opacidad. Sí la amplificación de los sentidos y los significados, sí las respuestas justas en sus justos lugares, sí la vivencia de las repercusiones de la acción, sí la serenidad, sí la belleza que hay en los procesos, en los descubrimientos y en el camino hacia la claridad.
Carmen Pallarés
Poeta y crítica de arte.
(Corme, 21 de junio, 2011)